17 March 2015

Una Jefa y Un Explorador

Category: Erótico

Este es un bello relato de un querido amigo, que alguna vez soñó con devorarse a la mujer que gobierna un exitoso mundo de negocios, que se sienta en el trono más alto de una estructura económica que parece inalcanzable, ya sea por su posición o por su mal carácter, pero que al fin y al cabo Ella, tiene un trasero tan igual como al de todos…  Claro… mucho más redondeadito, esponjado, bien cuidado, sexy e increíblemente sensual…  Un trasero de envidia para las mujeres, un trasero de perdición para los varones… Inalcanzable, imposible para cualquier mortal que no esté a su altura intelectual…

 

 

Este es un relato acerca de un desliz, de aquellos que le honran la vida sexual a un hombre normal, de aquellos que sientan firmemente la teoría de que toda mujer por gigante que sea, puede caer en un momento determinado, entre las palmas de unas manos gentiles que le saben amar el cuerpo…

 

Que toda dama busca un Explorador como Adrián, que “acampe”, que arme su carpa, encienda una fogata, que se sirva de un clítoris para colocar el soporte de su tienda de acampar y encuentre en él una fuente de agua para beber o un lugar de pesca abundante, frutos, moras silvestres.  De un Explorador que se goce en nuestros hermosos paisajes y de fragancias sin igual…

 

En fin…  Gracias querido Adrián por compartir tu historia tan erótica en Los Guantes de Qka.

 

La Qka

 

 

 

 

Una Jefa y un Explorador

 

Y llegó el día en que sin yo saberlo, estuve a su alcance y claro, como siempre me ha sucedido en la vida, el último que se entera soy yo…pero la verdad no se me había ocurrido, ni pálida idea, de que podía ser objeto de su deseo.

 

Pero veamos… ¿Qué podía ofrecerle a una mujer que lo tenía todo en la vida:

Mucho dinero (que usualmente es lo más importante para la gente)

Un apellido de renombre forjado a punta de trabajo y mucho de explotación a los demás (como también usualmente, sucede con las familias que llegan a tener fortuna)

Belleza de sobra, que para su edad de 58, jamás alguien podría imaginar a menos que tenga al frente la cédula de identidad para corroborarlo

Políglota, con tres idiomas perfectamente manejados y para colmo, algo de médium (al menos eso me dijo)

 

Y mucho de bruja… Pero de esas brujas entrañables, de esas brujas que es mejor tenerlas de buen lado, porque de otra manera no hay forma de encontrar su lado humano.

 

Era pasada la media noche de un día entre semana, cuando sucedieron los hechos que solo en película XXX uno se puede imaginar. Temprano, llovía mucho y había recibido instrucciones de cubrir las necesidades de la señora ya que sería un día particularmente ajetreado debido al hecho de la apertura de una nueva agencia. Claro, previamente me pasé de sol a sol cubriendo requerimientos, instalaciones de última hora, proveedores retrasados, coordinar la seguridad, la instalación del letrero y la línea telefónica y como siempre, algún que otro capricho de la jefa.

 

Al llegar la hora de la inauguración, como a las siete, la tensión llegó al punto más alto, estaba un poco nervioso por algún posible contratiempo, pero no, nada salió mal, todo estaba perfectamente coordinado y no hubo quejas ni de los invitados ni tampoco de la jefa.

El cura se lució con la bendición del lugar, todos sonreían, la música era apropiada para el evento y el champagne, un delicioso Möet Chandon, dejó un sabor de satisfacción en todos los asistentes.

 

Una vez terminado el evento, los invitados comenzaron a desfilar hacia la salida, no sin previamente felicitar a la anfitriona por el evento, por la belleza en la decoración y funcionalidad de la nueva sucursal.

 

Cuando ya habían salido la mayoría de los invitados, siendo más de las nueve de la noche, decidí ir a casa, estaba molido del cansancio y solamente quería mi cama, pero al momento de despedirme la jefa dijo “no se vaya todavía que lo necesito” y claro, eso estaba contemplado en las posibilidades y no me tomaba de nuevo, ya que era usual en el comportamiento de ella.

 

Habiéndose ido todos los invitados, me llamó para indicarme que estaba muy agradecida y que quedaba invitado a una cena en un restaurante cercano.  Agradecí y fui al lugar en mi “beetle” alemán del 68.  Una vez que llegué al restaurante, en el fondo había una mesa privilegiada, grande, ocupada por ella, sus asistentes y jefes de agencia.

 

Cuando la jefa me vio, me indicó que debía sentarme a su derecha, al puro estilo de la “última cena”, accedí y la comida llegó enseguida, pero noté en ella algo especial en esa ocasión, era su mirada, no sé, tenía un brillo raro que durante todos esos años de trabajar para su familia jamás había notado.

 

Ella vestía casi siempre de minifaldas ceñidas al cuerpo, por lo general hacía juego con un traje de sastre, con chaquetita y un hermoso calzado; casi siempre perfectamente peinada y maquillada haciendo complemento con sus modales, elegancia y buen gusto.

 

Nunca había estado tan cerca de ella como en aquella ocasión, además era un incómodo mesón típico de restaurante de asados, de esos que trata de albergar a la mayor cantidad de gente para no dejar de acudir a las bancas en las que pretenden acomodar seis personas… y claro, yo estaba sentado junto a ella en una de esas bancas, lo cual me permitió, por mera casualidad, oler la fragancia que usaba esa noche, su perfume era exquisito, de esos que le dejan a un cristiano cualquiera como yo, volando entre las nubes al tratar de descifrar su base, su esencia.

 

Bueno, había que comportarse bien debido a la ocasión, siempre he sido “cabeza de pollo” para el alcohol, pero después la segunda copa de champagne de la noche, ya me sentía menos tenso.

Nada inusual transcurría durante la comida, excepto los agradecimientos de la jefa por el apoyo que le  había brindado a su proyecto y, cada vez que se dirigía a mi, giraba un poco el cuerpo y sus rodillas tocaban mis muslos.

No pensé nada malo al respecto, era normal que suceda, pero casi antes de terminar la cena, sentí que un zapato femenino se posó sobre el mío…

 

¡Púchicas! Me asusté, porque no sabía si el zapato era de una morenaza que hacía de secretaria personal de la jefa, de amplias caderas y cinturita de abeja, bella de rostro y labios generosos, con dentadura perfecta y blanca, cabello sedoso, que había atrapado mi atención desde hacía algunos meses, pero claro, nada podía hacer ni decir, porque enseguida la jefa se enteraría y las consecuencias podían ser impredecibles.

 

Después de un buen rato, la morenaza decidió levantarse de su asiento para ir al tocador y ¡sorpresa! el zapato femenino seguía sobre el mío.

 

“Lógico” - me dije - es el zapato de la jefa que seguramente lo apoyó por error, pero cuando intenté mover un poco el pie, ese pie femenino se movió junto al mío e inmediatamente su muslo derecho se apegó “solito” al mío.

 

“Es el champagne”  - me contesté a mí mismo – “debe estar emocionada”

 

Como ella es divorciada desde hace décadas, quizá siente agrado de coquetear a un “gil” como yo, o me está poniendo una prueba para determinar hasta donde puede llegar mi osadía, o quizás pretenda medir mi paciencia.

 

La cena había terminado, había un ambiente de camaradería, chistes iban y venían y de cuando en cuando me atrevía a contar uno, que sin ser vulgares, cada vez eran más “colorados”.

 

Bueno, ya estaba muy cansado, era casi la media noche, tenía que trabajar al día siguiente y vivía lejos del lugar. Comenzaron a desfilar nuevamente los invitados, y los arreglos para ir a dejar a las personas en sus casas estaban casi terminados entonces decidí despedirme y agradecer a la jefa:

 

“Señora muchas gracias por la gentil invitación y sobre todo por permitirme acompañarlos en esta cena tan espléndida” - le dije.

 

Ella me contestó con una sonrisa de medio lado:

“No se vaya todavía que hay asuntos por hablar”

 

Como era de esperar, se fueron todos y me ordenó que la acompañe a su oficina para hablar un par de temas que están complicándose, pero… ¿A la media noche, en su oficina?

 

Me planteé esta vez completamente seguro de que el tema se estaba yendo de las manos, lo que corroboré cuando llegamos a su oficina, ella en su super auto con guardaespaldas y el vehículo escolta y yo en mi “vocho”.

 

Llegamos y en cuanto nos bajamos de los autos, ella dispuso que los “guaruras” se vayan, dándoles instrucciones exactas para el siguiente día.  Ordenó que su chofer se quede afuera en el auto y entramos solos a la oficina.

 

“¡Miércoles!” - me dije a mi mismo – “Esto está tenaz”

“¿En qué me estoy metiendo?” - me preguntaba una y otra vez –

 

Entramos a su oficina personal y se acomodó en una hermosa silla ejecutiva de cuero negro, se sacó los zapatos mientras suspiraba y me hablaba de los pendientes que tenemos con un asunto de las telecomunicaciones, mientras me invitó a sentarme en una de las butacas frente a su escritorio.

 

No sé por qué me llegó a la mente la babosa canción del taxista de Arjona, pero se acoplaba bien hasta con mi “vocho”.

 

Mientras la conversación de trabajo fluía, decidió levantar las piernas sobre su escritorio y cruzarlas, de manera que podía ver sus hermosas piernas, muy bien cuidadas, torneadas, que reflejaban una luz indirecta que formaba parte de la decoración.

 

Me decía a mí mismo - “Para qué también, bonitas piernas de la jefa”

 

Seguíamos hablando y yo ya había pedido papel y lápiz para tomar nota, porque eran muchos los temas y con bastante detalle. Mientras anotaba con cuidado lo que había memorizado, no me di cuenta que la jefa ya no estaba sentada en su silla y que descalza, se había parado detrás de mí.

 

Me hablaba y su voz se tornaba cada vez más melodiosa, a veces parecía la voz sensual de locutora de radio, la relacioné con la voz de Diana Krall por un momento.  En pocos momentos, ella ya estaba sentada en la otra butaca, junto a la que yo ocupaba y jugaba con una pañoleta de seda que era parte de su traje y, de nuevo, me abrumó con otro cruce sensual de sus piernas.

 

De repente, dejó de hablar de trabajo para acotar:

“Estoy muy cansada, estos eventos me estresan, sobretodo en los músculos del cuello y la espalda”

 

Me preguntó si yo le podía dar unos masajes en el cuello y le dije que con gusto, no por nada había aprendido algunos trucos de un gran amigo italiano que me enseñó algunos de ellos. Me levanté y me coloqué detrás de ella, era una posición un poco incómoda para dar masaje, porque la jefa estaba medio recostada en su asiento, así que le pedí que se incorpore un poco, que baje los brazos y los relaje, tomé la pañoleta que había puesto a descansar en su cuello y la retiré.

 

Enseguida le pedí que se sacara la chaqueta del traje y exaltada me dijo:

“¡Cómo! si no tengo nada debajo, excepto la ropa interior!”

 

Pero yo le indiqué que era mejor sin la chaqueta, pero que me esforzaré por hacerlo sin sacarla.

 

Y bueno… ¡Comenzó la sesión!

 

Yo sabía que las circunstancias llevaban a un solo destino esa noche, lo había asumido e imaginado y era demasiado tarde para dar paso atrás. Creo que le hice el mejor masaje que he aplicado en mi vida, puse todos los sentidos en cada movimiento, la presión exacta, el fluir de las yemas de los dedos recordando la anatomía de ciertos músculos clave como los trapecios, la dirección adecuada para mejorar la circulación, el ritmo y otros detalles.

 

El cansancio y el sueño se me habían ido y al dar el masaje mi ropa interior se sentía húmeda, es que mi “viejo amigo” estaba tan emocionado que no podía alojarse, por la tremenda erección en un espacio que se torna tan limitado luego de la liberación de ciertas hormonas.

 

Ya me había dado la libertad de acercar mi nariz a la parte posterior de su cuello y ella lo había notado cuando de repente me preguntó:

“¿Qué hace?”

 

Le expliqué que pretendía determinar alguna pista sobre la esencia de su perfume desde que estábamos en la cena.

 

“Ahhh… desde que estábamos en la cena…” Respondió a manera de reclamo.

 

“Si” - le dije – “Además es una fragancia deliciosa”

 

 Ella se quedó callada, pero podía sentir como su piel se erizaba con el pasar de mis dedos por su cuello y, bajaba por la espalda con el masaje, cada vez un poco más y sentía que por instantes se estremecía, hasta que nuevamente me preguntó:

 “¿Qué hace?”

 

Y le contesté

 

 “Intento relajarla” - enseguida le pregunte – “¿le gusta?”

 

Me contestó que era agradable, me preguntó que dónde había aprendido a dar masajes y claro, yo le conté de manera muy breve el tema.

 

Transcurridos algunos minutos decidí dar un paso más adelante, osado, atrevido, que decidiría el resto de la noche.   Me acerqué nuevamente a su cuello posterior y olfatee, como  si de sabueso se tratase, ese interesante cuello, esas cervicales reacias, difíciles de doblegar porque su dueña, la jefa, era así rebelde, innovadora, creativa, hiper-exigente, sagaz, cruel a veces, pero sabía que por dentro había una mujer, de carne y hueso.

 

La besé en el cuello una vez, no me dijo nada, la volví a besar por un tiempo más prolongado y solamente se estremeció; regresó a verme y con una ternura imposible de describir, me tomó la cara con las dos manos y acercó mi cabeza a sus labios.   Nos besamos.

 

Nos beamos sin penas ni miedos, sin temores ni rangos, nos besamos como si fuésemos dos niños aprendiendo a besar. Ella se levantó de su asiento y me pidió que me sentase en la butaca, lo hice, ella se paró frente a mi y me volvió a tomar la cabeza de esa manera indescriptible y mientras me besaba, se sentaba de frente en mis piernas, abriéndolas un poco para poder acomodarse, la mini le estorbaba que finalmente decidió levantársela hasta la cintura… ya no había paso atrás y de pronto, se detiene y me pregunta:

 

“¿qué estamos haciendo? ¿Sabe usted de las consecuencias de esto?”

 

A lo que respondí:

 

“No sé cuáles serán las consecuencias, pero esta noche soy un hombre y usted una mujer, no hay rangos ni clases, solamente sé que debo amarla hasta donde me lo permita, pero si quiere dejarlo hasta aquí, no hay problema, mañana lo recordaremos  como efecto consecuencia del Möet Chandon y nada más pasará ya nunca”

 

Ella me dice:

 

“¿Está seguro?”

 

Y le respondo:

 

“Si, es mejor detenernos ahora… o continuar hasta el final, aunque prefiero la segunda opción”

 

Ella me besa nuevamente, yo la abrazo con fuerza, como queriendo impedir que deje de hacerlo, me besa suavemente y a veces con locura… yo acaricio su espalda y decido sentir sus muslos, sus caderas, sus nalgas, hago círculos con mis palmas y dedos, busco pliegues, encuentro nylon, busco carne, encuentro seda.

 

Nos detenemos y nos miramos a los ojos con la escasa luz que había, ella estaba agitada y me dice:

 

“Me gusta lo que me hace”

 

Y para mis adentros le contesto:

 

“Espérese no más, para que vea lo que le tengo”

 

Le subo más la minifalda, ella se levanta, se retira un cierre casi secreto, de esos que no se nota y se la quita, me aflojo el cinturón del pantalón, ella viéndolo, me ayuda a bajar la bragueta y desprender el botón, yo le acaricio los senos por encima de la chaqueta y desprendo cuatro grandes botones que la sostenían en su lugar.  Ella queda con la chaqueta abierta y le beso lo senos por encima de la delicadísima ropa interior, al mismo tiempo me atrevo a rebuscar su entrepierna: ¡Está mojadísima!.  Ella mete su mano entre mi ropa interior y me encuentra inundado, intento bajar sus medias, no puedo, ella se detiene y me ayuda, sigo besando sus senos, ya los mordisqueo, ella se acaba de bajar la ropa interior y con un giro, hago que se siente sobre mi, dándome las espaldas, le acaricio los senos mientras le beso el cuello y con la otra mano me mojo al acariciar su entrepierna, meto mis dedos en la ropa interior y no encuentro vello púbico, ¡Está depilada! ¡Cuánto me gusta!.

 

Encuentro su clítoris y ella intenta hurgar nuevamente en mi bragueta, no le alcanza el brazo para hacerlo bien y se levanta, se da la vuelta y se saca la ropa interior, mientras lo hacía, yo bajaba mi pantalón hasta los tobillos al mismo tiempo que mi ropa interior, ella mira mi viejo amigo, mi pene y lo toma con ambas manos, se lo lleva a la boca y lo besa, lo succiona, lo muerde, se lo traga todo y lo vomita todo, lo lame, lo exprime y mientras lo hace me mira perdidamente, como si fuese un momento de éxtasis hacerlo… Yo aprieto el púbeo-raquídeo lo que más pueda, no quiero eyacular, recién empezamos…

 

Ella, se levanta y me besa profundamente, quiere compartir conmigo lo que ha descubierto, mientras lo hace se acomoda nuevamente entre mis piernas, entre mis muslos, se penetra mi pene y lo deja adentro… bien adentro mientras me besa de manera dulce, toma sus brazos y entrelaza sus dedos detrás de mi cuello, levanta sus piernas y las coloca en cada uno de mis hombros, quedamos apoyados por nuestros púbis, es una penetración extrema, la tomo con mis manos por las caderas, por las nalgas y la levanto suavemente y la dejo caer, una vez, varias veces, muchas veces, ella me besa y me muerde el labio inferior, me duele y comienzo a sentir el sabor de mi propia sangre, enseguida siento una especie de angustia, de urgencia y me incorporo, con mucha dificultad, sin que ella se libere de mi cuello y sin que sus piernas sean retiradas de mis hombros.

 

La coloco de espaldas sobre su propio escritorio y comienzo a penetrarla hasta el límite de sentir cómo su piel contra la mía aplauden, hay “palmadas” de felicidad hasta que siento una tremenda contracción en su vagina, creo que está a punto de tener un orgasmo y me detengo de inmediato… Ella me pregunta:

“¿Por qué se detiene?”

 

No le contesto y bajo… besando sus senos, su vientre, su clítoris… ahí me detengo y “acampo” en términos de explorador, ahí armo mi carpa y enciendo mi fogata, la punta de su clítoris me sirve para colocar el soporte de mi tienda de acampar, y además encuentro una fuente de agua para beber, un ojo de agua, ahí mismo encuentro un lugar de pesca abundante, frutos, moras silvestres, un hermoso paisaje y una fragancia sin igual ¿qué más puede pedir un explorador?

Pero de pronto, un volcán explota, con tormentas y temblores, con grietas que se abren y se tragan lo que encuentran a su paso, si… está en el clímax, me apuro, me retiro y le doy paso a mi viejo amigo, le permito que él se encargue de completar la erupción, que rellene grietas y huecos, que complete espacios y vacíos, que de inmediato, con toda la fuerza de su cadera entre y salga del volcán que se estremece, que se dilata y encoge, que absorbe y exprime que calme los apetitos, los deseos y las fiebres con su mar de semen espeso, caliente, abundante, lleno de vida, que recorre raudo buscando asilo, buscando un destino…

 

 

Ya todo ha pasado, la calma invade la oficina, sudo mucho, ella también, estamos pegados cual canes en la cúpula, no me quiero despegar, ella tiene las piernas alrededor de mi cintura, descanso sobre su vientre pero trato de alivianar mi peso, mi pene permanece muy erecto, pero creo que es mejor ahora mismo mirarla a las pupilas, descifrar su mirada, entender lo que ha sucedido, asimilarlo y quizá luego ir a descansar.

 

Ahora, al incorporarnos, ella balbucea algo que no entiendo, le pido que me repita la frase y me dice “no nada”.  Es quizá fruto del remordimiento, puede ser que mencionó algo sobre el encuentro, tal vez es que nos hemos hecho tarde y ¿porqué siempre después de fornicar se nos hace tarde y no antes? me pregunto a mi mismo.

 

Ya cada quien recoge sus prendas y tambaleantes intentamos vestirnos en la penumbra, pero en un instante ella, dándome las espaldas, regresa a verme y me sonríe…  ¡uff! qué alivio siento al ver esa expresión, creo que le gustó, al menos ese hecho me hará dormir tranquilo más tarde.

 

A estas alturas, ya nada me importa, de hecho ya me hice a la idea que mañana deberé pasar por el departamento de Recursos Humanos para retirar mi cheque de liquidación, si me digo a mi mismo, ese es uno de los escenarios, el otro probable es que una vez que ella se ha quitado la fiebre, ha cumplido su capricho, simplemente me ignore y con todo el cinismo, actúe como que nunca sucedió nada, eso claro, si es que se presenta la oportunidad de volver a interactuar.

 

Y si, es tarde, son las tres casi, se ha esfumado mi cansancio y el sueño ha desaparecido… la ayudo a colocarse los zapatos, me pregunta si se ve bien y le digo que claro que si, me repregunta si se ve normal o como que nada ha pasado y le respondo que no, que por su sonrisa no se ve como que nada ha pasado y ella se ríe con mucha libertad, se apoya en mi hombro y me pregunta:

 

“¿Va a ser usted discreto?

 

Le repregunto

 

“¿Sobre qué?

 

Y con firmeza me recuerda

 

“¡Sobre lo que ha sucedido esta noche!

 

Enseguida le respondo

 

“Pero si no ha sucedido nada, no se a qué se refiere…”

 

Nuevamente me regala una hermosa sonrisa y una mirada coqueta. Tomamos nuestras pertenencias, nos arreglamos frente a un hermoso espejo en el baño, me besa en el cuello y me dice:

 

“Hasta mañana”…

 

Enmudezco, no digo nada y solo la acompaño a la salida del edificio, se sube a su auto, el chofer tiene los ojos rojos por el sueño, me sonríe y me saluda

 

“Buenas noches Ingeniero”

 

“Buenos días” - le contesto y  el hombre gesticula una sonrisa corrigiendo su saludo con el “Buenos días”

 

No podía dejar de ser especial…  No podía ser que ese encuentro tan inesperado pero bello quede en el aire, así, como que no ha pasado nada…  A la mañana siguiente, ya en mi oficina, como a las diez de la mañana mi teléfono suena, contesto y la voz femenina estridente de la secretaria me pone en espera, porque la Ingeniera Escarmiento me deseaba hablar…

 

¿Será que Diana Escarmiento, la bruja seductora y cruel solo “deseará” hablarme?

 

 

Por:  Adrián Palacio

 

 

 

Tu alma de guerrera contiene la rudeza
de quien cae, levanta, cae y vuelve a levantar…
Eres la heroína de la vida,
Allí donde tus luchas te dan la gloria,
aunque venzas, aunque pierdas,
en la realización de tus sueños está la Real Victoria.
Tu figura femenina es todo un enigma,
en aquel mundo masculino donde se van de bruces…
más, tú te luces,
mujer que besa el cielo, mujer que besa el piso,
mujer que empuña el arte cual acróbata de rizo.

Los Guantes de Qka
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Saturday, 04 July 2020