28 May 2013

La cajita de fósforos

Category: Feminismo

Ella, era una mujer como pocas…. De esas que definen su vida en base a sus propios propósitos.  Venía de un hogar humilde, donde creció con la dominación de un padre violento y los límites económicos, donde no hubo los mejores ejemplos para su crianza…  Como toda niña, soñaba con el príncipe azul que algún día llegara a su humilde casita, la montara en su caballo negro y galoparan juntos hacia la perfección de la existencia.


Pero, cuando se hizo mujer entendió que debía guardar esa niña cargada de las pesadumbres de los adultos y de sus esperanzadoras fantasías, así un día cual ritual, tomó una cajita de fósforos, vació su contenido y puso en ella cada uno de los recuerdos que la lastimaban…. Su madre llorando ante la impotencia de dar de comer a sus hijos, su padre tumbando golpes a diestra y siniestra con un asqueroso olor a alcohol, sus hermanos corriendo de aquí para allá para salvar el pellejo de los vicios mundanales y ella… escondida bajo las cobijas aún mojadas de la orina de la noche anterior, para que los mounstros no la encontraran.
Guardó en su cajita de fósforos también esos recuerdos que herían sus sentidos… el olor de la humedad, el sonido escalofriante de la noche, las tantas veces repetidas aguitas de panela con pan… y eso si es que había pan, el tacto de unas manos callosas y duras que a veces tenía que sentir bajo su pijama, sus ojos sumidos en la oscuridad para no ver tanta miseria…
Aún recuerda ese día, cuando la cajita de fósforos representó un trascendental cambio…
Tenía 15 años, una educación incompleta de estudios y la belleza de su juventud.  Pero su inteligencia puso a prueba su capacidad, claro, ella no lo sabía, pero era una mujer de esas que necesita el mundo… de aquellas cuyos temores le hacían correr tan rápido como para no volver a sentir esos miedos…
Y así fue.  Sus pequeñas manos de quinceañera alzaron hasta sus ojos la cajita de fósforos, la observó, acarició sus bordes con el dedo índice, se desconcentró al mirar sus uñas renegridas por un momento y continuó con su cajita de fósforos.  Siguió tocándola como si mimara las letras de la publicidad impresa…. “FESA….”, dándola vuelta entre sus dedos, como para que no se le pase ni un solo detalle la seguía analizando, hasta que la yema de su dedo rozó el espacio donde se raspa el fósforo para encender y la invadió el pánico… se sentía como la piel de aquel hombrezuelo, el vecino, que esperaba las noches para meterse por la ventana a tocarla desde que ella era muy pequeñita… hasta ayer…
Del susto inconciente de sus recuerdos sus manos soltaron la cajita de fósforos, mirando de lado a lado se tranquilizó saber que su pavor fue expresado en silencio, pues su madre aún dormía abrazando a sus dos hermanitos, allí en el colchón que no tenía más cama que el mismo suelo.  Se agachó despacio a recoger la cajita y paso a paso se alejó, no tenía nada de poeta pero caminaba bajo la luz de la luna aquella madrugada, sin pensamientos, sin remordimientos, sin ni siquiera saber a dónde iría.
Encontró un espacio de césped por allí y se recostó, deseando de todo corazón que los espíritus nocturnos la liberen de ese cuerpo y de esa vida…  Que cuando amanezca se encuentre en el reino de los cielos, porque lo que había vivido… el infierno le quedaba corto…  “El frío ayudará, el frío ayudará…” – Pensó mientras procuraba dormir para siempre…
Pero fue traída al nuevo día, la luz del sol alumbraba de lleno una gran parte del norte de la ciudad, desde allá arriba en el barrio de “La Roldós”… donde aún se topa el monte, se observaba la magia de una civilización que no tenía idea de lo que era pasar una noche a la intemperie…
Augusta se despertó por las ligeras heridas que le producían las piedrecillas que le lanzaban un par de niños, al abrir los ojos, los chiquillos salieron despavoridos gritando: “la muerta se despertó, la muerta se despertó”
Realizó que aún seguía pisando su infierno y decidió enfrentarlo.  Metió la mano en el bolsillo de su raído pantalón y sacó su cajita de fósforos aún vacía, continuaría con su ritual, hoy de una vez por todas.  Anoche la había observado bastante, ahora era hora de ponerle fin a su infierno y así lo haría… ¡Sí! ¡Así lo haría!
Del otro bolsillo sacó los fósforos que contenía inicialmente la caja y tomando de uno en uno, fue guardándolos de nuevo mientras pensaba en sus propósitos…
“Este va por ti, Madre… porque algún día pueda perdonarte por tu falta de amor propio, dejándote golpear por mi padre, permitiendo que tus hijos veamos la poca cosa que quisiste ser”
Tomó el primer fósforo y lo metió a la caja.
“Este va por ti, Padre… creo que no mereces ni medio fósforo, pero te lo dedicaré para sanar las heridas que me hiciste por causa de tu vicio, los tragos con los amigos, que solo hicieron felices a tus amigos… porque a nosotros nos tocó la peor parte de ti pues ni un plato de comida digna nos pudiste dar… de no ser por mamá ni agua con panela hubiéramos obtenido de tu trabajo, porque el contado dinero que te llegaba lo gastabas en prostitutas de mala muerte…”
Augusta tomó el segundo fósforo, le dio un escupitajo y lo metió en su cajita.
“Y este…. Este va por ti… maldito infeliz, y este otro por tu maldito pene y este otro por lo marica que fuiste…  Tres fósforos te doy por haberte aprovechado de una niña que no entendía tus perversidades y porque luego te abusabas de la mujer que te hubiese amado si solo me acariciabas con respeto…”
La muchacha ingresó los 3 fósforos en la cajita sin evitar derramar las lágrimas que también quedaron guardadas a lado de los fósforos.
Sollozando esparció el resto de los fósforos al aire, como los karmas y los darmas por venir y que quería desconocer; se guardó la caja de los fósforos dedicados y regresó a casa para despedirse de quien estuviera allí…  Afortunadamente solo se encontró al perro, de quien se despidió con más emotividad que si lo hubiera hecho con su familia.  Guardó en una funda su ropa interior, unas medias, un pantalón y una blusa de su madre pues no tenía más ropa que la que llevaba puesta y se marchó no sin antes dejar su fuerte deseo para que sus hermanitos pequeños corrieran con mejor suerte que la de ella.
*******
Una quiteña extranjera en sus propias tierras, andaba por las calles de una ciudad diminuta en un punto del Mapamundi pero inmensa para quien le toca caminar, golpear puertas, pedir ayuda, pedir algún trabajo…  Noches dormía en algún parque, otras la pasaba vendiendo caramelos y cigarrillos a las afueras de los bares, otras en un refugio de madres solteras… pero como requisito era tener al menos un hijo pues amablemente fue echada del refugio.  Los años se le pasaban bajo soles despiadados como despiadadas noches sin abrigo, su belleza juvenil se iba marchitando por la rudeza de la vida y entre sus contados objetos personales conservaba la cajita de fósforos.
Cuando había cumplido 20 años, pasó de casualidad por una pequeña escuela de yoga, no podía más que observar desde la vitrina, era para ella toda una película mirar las danzas suaves de los participantes…  Al principio no faltó quien saliera a pedirle que se vaya porque incomodaba su presencia, pero ella solo se alejaba un poquito para seguir mirando.  Augusta se interesó tanto en las actividades de esas personas que todos los días retornaba a mirar y finalmente la gente se acostumbró a esa mirada que no pedía más que mirar y de repente le compraban unos caramelos.
Pasaría una semana desde la aparición de Augusta en la ventana, que el maestro de las clases decidió poner solución al problema.  Así, cuando la gente se hubo despedido, Augusta también se iba pero el maestro la llamó.
-          ¡Ey! ¡tú!
Augusta se regresó a ver quien la llamaba, era raro que alguien le hablara por lo que se sorprendió, respondió:
-          Si señor
-          ¿Qué tanto miras tú? ¿será que estás esperando el momento adecuado para robarle a alguien?
Como el llamado no fue para nada amable, su instinto ante las palabras relacionadas a “robar” la hizo desear huir, pero en cuanto quiso hacerlo el maestro le tomó del brazo y la tranquilizó.
-          Espera niña, no te asustes, solo convérsame
-          ¿Qué quiere que le converse?  – Preguntó Augusta a la defensiva
-          ¿Quién eres? ¿Qué buscas aquí?
-          Señor, yo vendo caramelos, solo estoy mirando, si quisiera robar me dejaría mirar por tan corto tiempo que mi cara no se quede grabada en su memoria, si quisiera robar ya lo hubiera hecho en los días anteriores..
-          Pues tienes razón chiquilla – Le respondió el maestro.
Al rato se parqueó un vehículo conducido por una mujer mayor, pitó para llamar la atención, el maestro le hizo una señal de que lo espere.
-          Llegó mi esposa – Le dijo a Augusta – ¿cómo te llamas?
-          Augusta, señor…  – Respondió la chica algo aminorada ante la gente rica..
-          Mira Augusta, no es común que alguien como tú se quede mirando nuestras prácticas de yoga y…..
-          ¿Prácticas de qué? – Interrumpió Augusta
-          De yoga, lo que tú nos miras ejercitar es Yoga…
-          Ahhhhh – Exclamó Augusta ya más confiada.  El maestro continuó:
-          Bueno, Augusta, como te iba diciendo, no es común que alguien como tú se interese en estas cosas, aunque solo de vista me he dado cuenta que tienes algún potencial que hasta tú desconoces, quiero ayudarte, déjame ayudarte pequeña…
Augusta se quedó perpleja ante una propuesta caída del cielo, había perdido las esperanzas respecto a los príncipes azules y quizás haya sido porque no existen, pero en este caso no sabía que en el infierno podía haber ángeles…   Se puso a llorar…
-          ¿Por qué lloras Augusta? ¿No quieres que te ayude?
-          No señor, digo, sí señor, si quiero que me ayude, no sé cómo, usted sabrá pero ¿talvez me podría dar un abrazo?
El maestro la abrazó, de lejos observó a su esposa que sonreía y movía la cabeza de lado y lado, se ve que estaba acostumbrada a ser testigo de los actos de caridad a los que se dedicaba su marido, solo que esperaba que no se equivocara porque la última vez les fueron robando la casa.
Los esposos se llevaron a Augusta para su casa, le dieron de comer, le asignaron una habitación y luego la mandaron a bañarse, cosa que ella aceptó a regañadientes.  Le dieron algunas mudas de ropa y finalmente estaban sentados en la sala de aquella acaudalada casa para conversar.
Le hablaron de confianza, de amor, de respeto y un espacio en esa casa con todas las normativas que debía seguir, Augusta se encargaría de aprender a cocinar con la Señora Victoria que era quien se encargaba de la cocina y se dedicaría a los 2 pequeños niños que tenían los esposos, los cuidaría, les vigilaría que hagan las tareas y mantendría la casa limpia y en orden.
Augusta experimentó una gran sonrisa, jamás se había visto tan  bonita, ahora era una empleada doméstica, lo haría bien, aprendería, sería grata con esas personas que confiaron en ella.  Esa noche, por primera en su vida se sentó al filo de una cama que esperaba acogerla para arroparla… ya no sentiría frió ni hambre… Oh ¡por Dios! Tiene que existir Dios para que tanta maravilla sea cierto.   Sacó su cajita de fósforos y la observó por un minuto hasta que le dijo:
“Cajita de fósforos: al fin vas a cumplir con tu cometido”
Y así fue que comenzó una nueva vida para Augusta, una muchacha muy diligente que poco a poco formaba parte de una familia buena, del hogar que no había podido tener con sus progenitores; los señores, observando la capacidad de la chica, la empujaron para que realice sus estudios, se contentaban de sus progresos y ella correspondía ese cariño a medida que el corazón se acostumbraba a ser feliz, aún cuando el bendito príncipe azul no llegaba…
En la universidad conoció un hombre, un tipo bastante atractivo que se había interesado en el intelecto de Augusta, la persiguió los primeros años hasta que ella accedió a entablar una amistad.  Los amigos se divertían, estudiaban juntos, se entretenían con sus gustos afines, pero ella jamás le permitió pasar a algo más.   Cuando alguna vez sus instintos los llevaron a las puertas de una relación, ella lo detuvo en seco recordando los dolorosos contactos que tuvo a la fuerza con ese maricón mal pene de los 3 fósforos.
Sin duda algo había que arreglar, su vida era hermosa, mucho más hermosa de lo que podía haber imaginado, pero la pesada cajita de fósforos no la dejaba actuar libremente en el amor.
De hecho no la dejaba enamorarse de aquel buen hombre, de Julián, su amigo de la universidad, tenía que reparar su espíritu de alguna manera; estaba realmente preocupada de no saber cómo hacerlo, hasta que un día le llegó la inspiración de tomar decisiones, como la mujer de propósitos que era.
Todo comenzó con un  Rinnnnn…….
El timbre sonó y ella corrió a abrir la puerta.  Era Julián, su amigo de costumbre, sin embargo, debió haber sido por alguna iluminación divina que se sintió atraída…  De repente se topó con una mirada de pupilas negras hundidas en un rostro ovalado de un hombre moreno, alto, vestía con un jean y una camiseta ceñida al cuerpo de color blanco que dejaba a la vista los músculos de un dorso ejercitado y unos brazos para soñar.
Antes de aterrizar al piso, Augusta le observó el calzado, unos zapatos de pupos pues Julián venía del estadio….
Se había desmayado, quizás por la impresión que le causaba su pasado triste, más aún cuando recordaba al maricón ese de mal pene…
-          Augus, Augus, Augusta mi amor ¿estás bien? – Le peguntaba Julián, quien ya la había recostado sobre el sillón, sus palabras se escuchaban lejanas casi imperceptibles pero de poco en poco un zumbido agudo en sus oídos le devolvió la conciencia.
Augusta abrió los ojos y al verlo se calmó, bebiendo un vaso de agua que le trajera doña Victoria.
-          Si, si, gracias, ya estoy bien…. – Dijo Augusta mientras se reincorporaba.
Le pidió a Julián que le perdonara un momento para subir a su habitación y como si encontraría alguna respuesta sacó su cajita de fósforos para volverla a mirar…..
Sintiendo el amor en el pecho pensó que había llegado la hora de quemar los fósforos, de modo que planificó con su amigo de la universidad una visita a su hogar de origen.
Julián, la recogió al día siguiente y juntos emprendieron el viaje hasta allá… a la cima de la ciudad… Le pidió a Augusta que le contara lo que iba a hacer, pero ella no lo sabía tampoco y prefirió continuar callada.  El pequeño auto de Julián no avanzó a trepar la montaña pues se había terminado el camino, así que bajaron del auto para continuar a pie.  Diez minutos después, estaban en el umbral de una casa vieja que poco más y se caía el techo, Augusta sintió que el miedo le recorría el cuerpo… Iba a dar el primer paso para entrar a la casa, pero un grito la detuvo:
-          Augusta….. están velando a mamá… – Le gritó uno de los hermanos que no había visto hace como 15 años, pues él fue el primero que abandonó el hogar
-          ¿Quién eres tú? – Le preguntó Augusta
-          Soy tu hermano mayor Augusta, no te acuerdas de mí porque cuando tenías solo un año yo me fui de la casa; tampoco me acuerdo de ti, pero mi madre antes de morir insistió con que vendrías a enterrarla…. Te estábamos esperando.
Sin más preguntas, Augusta se sintió morir cuando ingresó a la improvisada funeraria del lugar, le temblaban las piernas pero tenía que ver a su madre, aunque fuera por última vez…  Se acercó hasta su ataúd la miró:
“Madre… que descanses, espero que para la próxima vida nos encuentres un mejor padre, que te ame y nos ame…. Te amo Ma….”
Encendió el fósforo de su madre para encender una vela, allí en una mesa a lado del cadáver, se dio vuelta y sin mirar a nadie se marchó.
Volvió a la casa de su niñez, entró suavemente como precaviendo que los cucos no la asustaran hasta que encontró a su padre sentado en una silla en la mitad de un cuarto vacío, entre las piernas tenía un bastón y sus manos se apoyaban en él…  Cuando Augusta lo vio, se dio cuenta que su padre estaba ido, tenía la mirada perdida en alguna parte del espacio.  Lo saludó pero el viejo ni siquiera la regresó a mirar.
Augusta, encendió el fósforo de su padre diciendo:
“Adios padre… no puedo desear que descanses porque aún estás vivo, pero es como si estuvieras muerto… sin tener a quien golpear seguramente tu vida será muy aburrida”
Como si el viejo la hubiera alcanzado a escuchar le lanzó el bastón a Augusta, apenas le topó el talón.
“!Vaya!, todavía resabiado….. Te has consumido por ti mismo, toma, este es la última luz de importancia que te voy a regalar…..”
Encendió el fósforo de su padre y lo lanzó hacia algún punto del oscuro cuarto, no duró más que un par de segundos en el aire y se apagó.
Se dio vuelta y se encaminó al otro lado en busca de su habitación, también estaba vacía, se sentó sobre el gélido piso…  Julián esperaba afuera, fumándose un cigarrillo tras de otro, arrimado a un viejo árbol de la zona no quitaba la mirada de la casita donde estaba Augusta.
Se observó que sacaban el ataúd de la madre de Augusta, lo llevaban 4 hombres de cada esquina, caminaron por un angosto sendero, la gente iba detrás…  Del grupo se apartó un hombre de unos 50 años, iba vestido de negro con una traza de maleante que preocupó a Julián, quien lo observó entrar a la vieja casa de infancia de su amiga.
Mientras que Augusta se encontraba sentada en un rincón de la habitación que compartía con sus hermanos hace tantos años, rememorando episodios que le entristecían la vida… aquella vez cuando niña que se sintió rota por los abusos de ese hombre, el maricón mal pene, no podía olvidar…  De repente sus recuerdos fueron interrumpidos por ese mismo hombre, quien entrando despacio al cuarto se sentó al frente de Augusta…
Ella, sintió que la sangre se le helara del miedo, pero no demostró su susto, era la hora de finiquitar el pasado…  sin saber exactamente qué hacer, permaneció inmóvil…
Jacinto la contempló por un par de minutos y le dijo:
-          Augus te ves hermosa..
Pero ella no respondió el cumplido, se mantuvo observando su mirada, la poca que la claridad del día le podía mostrar a través de una ventana muy pequeña y del techo huequeado de vejez.
El hombre estiró sus manos carrasposas para tomar las de ella, diciéndole:
-          Perdóname por todo el daño que te he hecho…  No me alcanzará la vida para reparar tu dolor, pero por favor Augusta perdóname….  He soñado con este momento por años para abrirte mi corazón y suplicarte perdón…
Augusta dejó caer algunas lágrimas, ese hombre, sus manos como la zona que se rasca para prender los fósforos, su olor a cualquier vicio… la asquearon…   Y con gestos de total repugnancia le respondió:
-          Abúsame una vez más
-          ¿Qué? Pero si te estoy pidiendo perdón por haberlo hecho…  – Le dijo Jacinto sin comprender.
Pero Augusta insistió:
-          Abúsame, tómame de nuevo, tócame, asquéame hasta que llegues al cansancio, porque así mismo como te metiste en mi vida quiero que salgas… con el mismo procedimiento porque quiero romper el ciclo.
-          No puedo…  – Se negó Jacinto
-          ¡Puedes! – Le gritó Augusta al mismo tiempo que le lanzó un chirlazo a la mejilla
-          No me golpees o no respondo -  Le amenazó el hombre, pero ella siguió incitándolo:
-          ¿No puedes? Maricón mal pene… ¿dices que no puedes? Pobre diablo desgraciado e infeliz… ¡Ahora no puedes!
Jacinto se llenó de cólera, no era difícil hacerle perder el juicio, además las provocaciones de la mujer le estaban excitando, de modo que finalmente la tomó del cabello y la recostó sobre el piso, sin delicadezas le arrancó la blusa, mientras ella intentaba huir sin estar segura de que provocarlo haya sido buena idea…
El hombre ardido de deseo e ira la volteó contra el piso para controlarla mejor, el pantalón le sirvió para limitar los movimientos de las piernas de Augusta, su ropa interior fue eficaz para callar a la fierecilla que defendía su honor perdido desde hace años poniéndolo dentro de su boca para que sus gritos no sean escuchados…
Como si fuera un experto violador, un abusador sexual de mujeres, le amordazó los brazos con su misma blusa y allí en la penosa posición que había colocado a Augusta la poseyó una vez más… con la rabia de un semental herido, con la demencia de un depravado, con la venganza de quien no es perdonado…
Sin más opción que aceptar su suerte, Augusta resistió como toda una mujer desarrollada, las embestidas del maricón mal pene, pero…. pero….. pero…..
Pero el cuerpo le estaba reaccionando de una manera nueva, imprevista, ilógica y absurda… se sintió brutalmente excitada, mientras más fuerte era la energía del coraje de su abusador más fuertes eran las sensaciones de placer que estaba experimentando…
Ante el tremendo cambio en el sentir de su cuerpo, se dejó dominar sin resistencia, permitiéndose las eyaculaciones femeninas que ni siquiera sabía ni que existían…
Jacinto sintió el cambio en Augusta, los chorros de agua que le empaparon su sexo fue el incentivo final para el desenlace de su orgasmo…
Finalmente, él se recostó sobre las espaldas de Augusta, recuperando la razón y acariciando el cabello de su víctima; le quitó el calzón rosa de la boca y escuchó su agitamiento…
-          ¡Maldita sea! Te vas a convertir en mi vicio, puta madre que esto estuvo delicioso, ¿cómo se te ocurrió habérmelo pedido si sabes que puedo olvidar mi perdón y volver a violarte? ¿Qué he hecho? He traicionado a Dios de nuevo por tu culpa, yo que fui llamado por los hermanos para escuchar La Palabra y convertirme en un buen ser humano…. Tú llegaste y lo arruinaste todo… ¡TODO!
Desenredó a Augusta de sus ropas mientras maldecía haber pecado.  La mujer se repuso, se vistió, se acomodó los cabellos y antes de marcharse le dio un gran abrazo a Jacinto, diciéndole:
-          Te perdono Jacinto, porque no solo me liberaste de tus mordazas improvisadas de hoy sino también de los recuerdos que me mataban cada anochecer…  Me quitaste la repugnancia que sentía por ti y ahora me voy de vuelta al paraíso de donde vengo llena de gozo porque no me violaste Jacinto, me hiciste el amor…
Jacinto se quedó boquiabierto con las palabras de esa niña ya hecha mujer, admirado por la forma de ver las cosas, enamorado por haberla llenado de gozo…
-          ¡Cásate conmigo!  – Le propuso espontáneamente
-          ¡Ay Jacinto! Tampoco exageres….
Augusta dio media vuelta y de golpe salió de la habitación, tan de sorpresa que se topó nariz a nariz con Julián…
-          ¡Ey! ¿Qué estabas de voyerismo o qué?  – Le preguntó Augusta a Julián
-          No corazón, mejor dicho.. si, si te vi, pero me acerqué porque las fachas de ese tipo no me daban buena espina… y me preocupé por ti, por eso lo seguí y me quedé fuera de la pieza por si necesitabas ayuda, pero como escuché que le pedías que procediera con el abuso… pues no me metí… pensé que era una fantasía sexual…
Julián se justificó y Augusta se echó a reír… “Si supieras amigo si supieras….” Pensó la chica.  Caminaron por el bosque quemando los fósforos que quedaban hasta que llegaron al auto y volvió a casa de la buena familia.
El tema del maricón mal pene estaba resuelto y de esa noche en adelante ya dormiría mejor….
Y se dedicaría a enamorar a Julián…
La Qka

Tu alma de guerrera contiene la rudeza
de quien cae, levanta, cae y vuelve a levantar…
Eres la heroína de la vida,
Allí donde tus luchas te dan la gloria,
aunque venzas, aunque pierdas,
en la realización de tus sueños está la Real Victoria.
Tu figura femenina es todo un enigma,
en aquel mundo masculino donde se van de bruces…
más, tú te luces,
mujer que besa el cielo, mujer que besa el piso,
mujer que empuña el arte cual acróbata de rizo.

Los Guantes de Qka
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Friday, 23 August 2019