28 August 2014

El Legado de la Dominación y una sumisa

Category: BDSM

Como me persiguen las historias extrañas de sexo, sin imaginar lo que encontraría aquel domingo, acepté una carrera de taxi para Ibarra; después de dejar a los pasajeros en el hotel me dispuse a regresar a Quito, como buena “turista” que soy… me perdí.

Fui a dar… mejor dicho… no sé a dónde fui a dar, pero mi olfato se distrajo con las ricas fritadas que cocinaban en una gran paila en la esquina.  Era un restaurantito de estos muy sencillos, que tenía un gran cartel que decía “Las fritadas de doña Carmencita”

Así que caí en tentación y me parqueé para pedir un plato.  El lugar estaba tranquilo, mientras comía intentaba ayudarme con el GPS de mi celular para saber por dónde saldría de Ibarra de vuelta a Quito.

En esas estaba cuando a lo lejos de la calle adoquinada observé acercarse un vehículo blanco, pero no era un vehículo blanco cualquiera… era una limosina.  Pensé que algún matrimonio se estaba consumando, pero a juzgar por la lentitud del paso y luego por la seguidilla de personajes raros, supe que era un Funeral…



Me santigüé unas 30 veces para evitar que me de el “mal aire”…. Ustedes saben… esos aires que le llegan a uno cuando las energías negativas pasan cerca.

 

Sentada en la seguridad de mi auto, miré la procesión: la limosina por lo visto llevaba un muerto, la seguía a pies desnudos una decena de hombres con pantalón y el pecho descubierto, pero lo que me asombró fue que estos hombres arrastraban cadenas desde las canillas de los pies y algunos hasta de la cintura.

 

No pudiendo más de la curiosidad me bajé del auto para preguntarle a quien supuestamente se llamaría Doña Carmencita – “supuestamente” digo, por el cartel de su negocio -

 

- ¡Ey! Doña Carmencita ¿Por qué llevan cadenas esos hombres?

 

- Ahhh…. es que se murió la sumisa del Sr. Nieto. – Me responde sin darle importancia a mi sorpresa.

 

- ¿Sumisa?  - Repetí como si no lo hubiera escuchado bien

 

- Siiiii Patrona… - Me contestó en tono impaciente – Sumisa dije.  Es que ayer noche murió  la sumisa del Sr. Nieto

 


Sin temor a equivocarme, pensé acertadamente que la doña Carmencita no tenía idea de estos temas del BDSM o el sadomasoquismo, peor de Amos y sumisas, por lo que le pregunté:

 

- ¿Y cómo se llamaba la sumisa?

 

- ¿Qué es pues Patrona? ¿“Sumisa” no le digo? “Sumisa” se llamaba, o al menos así le conocimos a la señora de toda la vida.

 

- ¿Y esos hombres son esclavos? – Continué preguntando

 

- Lo que pasa es que el Sr. Nieto siempre ha sido millonario, que es que la plata le sobra para traerse de Colombia las mujeres más bonitas y hasta esclavos… porque dicen que paga muy bien…  Verá… Yo también me fui a pedir trabajo allá un día pero me regresé corriendo y arrepentida porque querían caerme a cabastrazos y yo pensé….  “No, yo si con locos no me meto…” Y entonces…. Bla… bla…bla…

 

La doña Carmencita seguía contándome su cuento y mi mente divagó en sus primeras explicaciones…  La primicia de que a un Amo de la pequeña ciudad de Ibarra se le muere su sumisa y se encamina al cementerio con una majestuosa ceremonia de entierro…  ¡Me carcomía por verlo!

 

Porque el funeral estaba cargado de personalidades raras…  La limosina de lujo iba adelante con la muerta; detrás iban los hombres que parecían esclavos porque arrastraban cadenas; detrás de los esclavos caminaban unos tipos bien vestidos, de casimir y sombrero; y detrás de estos tipos elegantes, una veintena de mujeres de distintas edades venían marcando un paso tan exacto e igual que parecían haber sido entrenadas en filas militares.  Las damas traían el mismo vestido largo, sin mangas y de color negro.  Tampoco llevaban zapatos y en sus cuellos se distinguían gruesas gargantillas, que más que gargantillas, eran los collares que sus Amos les habían colocado como símbolo de pertenencia.

 

En aquellos tiempos cuando no conocía nada acerca del estilo de sexualidad BDSM, me hubiese lastimado el  feminismo… Pero ahora, lo que fijo me lastimaría sería no ir detrás de ese funeral para poder ver algo más…  Claro… Luego quizás me arrepentiría de ello…

 

Pero la curiosidad me mueve, no puedo pensar ni en el GPS ni en volver a Quito sin haber sido testigo del entierro de la sumisa de un tal Sr. Nieto.  No, no, no… No me quedaría con semejante inquietud, así que dejé mi taxi parqueado donde estaba, le pagué mi plato sin terminar a la Doña Carmencita y seguí a la procesión, misma que 15 minutos después llegó a su destino.

 

No conozco más cementerios de Ibarra, pero al que llegamos, era simplemente muy pueblerino, donde al parecer se entierra a la gente muy sencilla.  Y es que la muerte es así, traga vidas sin consideración de su estatus económico o su ropa de marca, pero por la suntuosidad del funeral, me extrañó que un hueco cualquiera de ese Cementerio acogería a un muerto de aquel extracto de la burguesía de Ibarra.

 

Pero… ¿Quién era esa sumisa que merecía el terrible destierro a las eternidades de la clase baja? ¿Era un premio o un castigo final? No lo sé… pero de lo que sí estoy segura, es que, para la muerte nadie es menos que nadie y para una sumisa nadie es demasiado.

 

Mis reflexiones acerca de la muerte salieron de mi cabeza en el mismo instante que un hombre de aproximadamente 75 años bajó de la limosina; debe ser el Amo… el Sr. Nieto del que me habló la doña Carmencita, pues como tal los presentes elegantes se sacaron el sombrero en solidaridad por el compañero y amigo que estaba sufriendo una pérdida; las mujeres y  los esclavos se arrodillaron al piso en señal de subordinación.

 

El mayor saludó a su gente con una leve venia y todos se reincorporaron.

 

Del largo vehículo sacaron un ataúd de madera vieja, la muerta ni siquiera reposaría en una caja de primera, ni de segunda, ni de tercera…  Como si, poco más, hubiesen decidido colocarla allí ya porque el cartón sería muy flojo para cargar su peso.  Los esclavos se encargaron de trasladar los restos hacia el hueco de tierra, que por cierto, ya estaba listo.


Me ubiqué tras de un árbol para continuar mirando sin que se me note, desde allí pude ver que el mayor secaba una lágrima que otra con la yema de su dedo índice.

 

Los esclavos descargaron suavemente el ataúd sobre una plancha de madera. Más rápido de lo que pensé que la caja se rompería, el Sr. Nieto le propinó una leve patada con la punta del zapato y las maderas corroídas se abrieron por todos sus lados, dejando a la muerta expuesta y en su completa desnudez.

 

¡Si! La pobre sumisa estaba completamente desnuda…  Me pregunto si a ella le hubiera gustado mostrarse de esa manera… con unos senos cuyos pezones no eran más que 2 nudos que le colgaban de cada lado, su cuerpo parecía una sábana arrugada de color piel, como si diera las gracias de que la muerte al fin haya congelado el deterioro de la vejez, su pupo no era más que otro punto sobresaliente perdido de su vientre…

 

Aquella dama de hermosa ya no tenía nada y es que… ¿Qué se puede conservar a los 90 años?  ¡Por lo menos la consideración! ¡Caray!

 

Me tapé la boca para acallar un grito de la impresión, mi mente había asimilado a través de las vivencias casi todos los aspectos del significado BDSM, sin embargo, aquello era horrendo…

 

La humillación no era solamente para la muerta sino para la misma muerte, me pareció la peor falta de respeto que haya visto en la vida, cuando un alma se despide merece por lo menos una lágrima de quien la amó, bueno… su Amo el Sr. Nieto no podía evitar algunas lágrimas de despedida… Pero…. pero… Ohhh ¡por dios! ¿Qué hacen? ¿Cómo se les ocurre? ¡Pobre sumisa! ¡Pobre mujer! Está siendo meada por todos y cada uno de los esclavos, quienes de uno en uno se le aproximan para orinar encima del anciano cadáver….

No, no, no…. No podía más… Me  contuve para no salir a gritar que aquello no me parecía, me contuve porque no soy quien para opinar lo que la gente debe hacer con sus muertos… No, no puedo más… Me dejé caer de rodillas allí mismo tras del árbol y lloré dentro de las palmas de mis manos… 

 

No fui capaz de mirar lo que ocurría en los siguientes 10 minutos, pero como no había ni Cura, la ceremonia terminó y la sumisa, bien meada y humillada, reposaba al fin en su última morada.

 

Ya no me interesaba saber más de esa gente, de modo que me quedé sentada, arrimada de espaldas al mismo árbol con mi rostro escondido entre las rodillas… Poco a poco dejé de sentir los pasos de quienes presenciaron el atroz entierro y creí que las almas salían a saludarme cuando sentí la punta de algo duro tocarme el hombro… 

 

- Aaaaaaaaaaaa………..    – Grité aterrorizada

 

- Tranquilícese señorita, los fantasmas no existen.  – Me habló una voz arrullada de vejez.

 

 

Alcé la mirada y me topé con un par de ojos encogidos pero firmes, era el tal Sr. Nieto… el que acabó de hacer mear, humillar y enterrar a su sumisa.  Sin ningún gesto de bondad en su rostro me ofreció la mano para levantarme.  Y sin ningún gesto de agradecimiento recibí su mano para ponerme de pie.

 

Me ordenó que le tomara el brazo, sin ningún “por favor” ni “tenga la gentileza”…  Extrañada por su orden, le obedecí… Y extrañada por mi obediencia, caminé a su lado.

 

- Déjeme contarle algo, señorita…. (¿?)  – Me dijo en un tono suave y sereno, sin terminar la frase por no saber cómo me llamo.

 

- Me llamo Sara  - Me presenté, aún asustada por lo que había presenciado.

 

- Déjeme contarle algo, Sara…  Hace muchos años, mi Abuelo me contó que había encontrado una mujer llorando al pie de un árbol, por eso es que me llamó la atención haberla encontrado de la misma manera.

 

- ¿Y quién era aquella mujer? – Le pregunté

 

- Era Sofía… la mujer de los ojos más maravillosos que yo haya conocido nunca, la que me dirigió la mirada implorante que yo adoraría por los siglos de los siglos, la misma luz que llegó para alegría de mi oscuridad… La Amante de mi Abuelo.

 

- ¿La Amante de su Abuelo, Señor? ¿Qué edad tenía Usted?

 

- Así es Sara, yo tenía apenas 10 años – Me contestó con una rápida mirada y un apretón de manos.

 


No podía creer lo que estaba escuchando, pero me interesaba su historia.  ¿A quién no le iba a interesar? ¿Cómo era eso de que el Sr. Nieto, ahora de 75 años, me contaba que cuando era un niño de 10 se había enamorado de la amante de su abuelo?  ¡Si! ¡De su abuelo!

 

Definitivamente, olvidé el horror del entierro sin honor y me apresté a escucharlo con muchas ansias:

 

- La amante de su abuelo debió haber sido muy mayor para un niño de 10 años.  – Observé yo como si estuviera descubriendo el agua tibia.

 

El Sr. Nieto procedió a explicarme:

 

- Pues si… un niño de 10 años se enamoró de la amante de su abuelo… Y ese fui yo.  Fue una tarde como hoy, toda sombría y triste… cuando yo estaba boca abajo en el suelo del patio jugando con las canicas, calculando el punto exacto para tingar…  De eso hace tanto años atrás, pero lo recuerdo como si hubiese sido ayer…

 

Raspó la garganta un par de veces para aclarar la voz, afirmó su bastón en el suelo, apretó mi brazo en el suyo y continuó:

- De repente se abrió la puerta, que era muy grande y pesada y el ruido de las viejas bisagras sonaron en anuncio de que alguien estaba entrando, vi a mi abuelo entrar jalando de su brazo a Sofía… Si, ella…  Ella era Sofía e iba del brazo de mi abuelo… así como Usted y yo en este momento.


Hummm…. No me gustó la comparación, pero de todas maneras mi atención estaba tan concentrada en sus palabras que no le di importancia.


- Olvidé mi juego de canicas y me puse lentamente de pie, aún recuerdo que mis rodillas estaban remelladas por tanto piso, pues en aquella época se usaba pantalones cortos y todo alrededor era un tierrero.  Vi a mi abuelo, todo buen mozo, ingresar por el pasillo pero yo… lo único que quería era verla a ella…  Había algo en esa mujer que me elevaba el amor y los más intensos sentimientos.  Quizás se dio así, porque perdí a mi madre cuando era un crío de 2 años.

 


En mis adentros me pareció ridículo que el amor surja en un niño inocente de 10 años, más aún en esa época, más aún si la susodicha debiera tener la edad de su abuelo.  Como si el Sr. Nieto supiera lo que pensaba, respondió a mis cuestionamientos internos:


- Mi abuelo tenía 75 años y ella, Sofía no llegaba ni a los 25.  ÉL era el tipo que aprendí a venerar por las costumbres de mi casa, todos le rendían un respeto religioso casi imposible de entender, le llamaban Amo Oscar, incluso yo tenía que dirigirme a él de Amo Oscar y aunque a mí se me permitía verle a los ojos, las mujeres de la familia o aledañas no podían alzarle a mirar…  Cosas que no comprendí sino muchos años después.

 


El Sr. Nieto hizo una pausa para llamar al chofer de la limosina y le indicó que deseaba caminar un poco.  Y retomó su historia:

 

- Entonces caminé hacia la pareja dispareja para saludar a la dama que vino trayendo mi Abuelo, pero él me ordenó retirarme.  Fui a lloriquear a un rincón, lo más bajito posible sino también ordenaría azotarme por inmaduro.  No comprendía mi estado de ánimo, sin embargo, me quedé resignado con la estela de luz que Sofía me había dejado.

 

Noté que esos caballeros bien vestidos y de sombrero ya se habían ido, se debieron haber llevado a sus mujeres porque tampoco estaban; pero, la decena de esclavos seguían a la limosina de paso en paso arrastrando unas cadenas.  El Sr. Nieto y yo íbamos adelante del vehículo enlazados del brazo, sentí algo de estupor por las miradas de la gente que caminaba en la ciudad, no les culpo: ver una procesión de limosina con esclavos halando cadenas, no era algo que se veía todos los días.


El Sr. Nieto se preocupó de estarme aburriendo:

 


- ¿No le aburro con mis nostalgias, Sara?

 

- Por supuesto que no, Sr. Nieto, por favor.

 

- Bueno… para no hacerle largo el cuento de mi Abuelo y su amante, resulta que la felicidad del Amo Oscar no duró mucho tiempo…

 

- ¡Oh!   -  Exclamé  - ¿Por qué?

 

- Pues así fue… Su felicidad no se extendió más de 6 meses, pero lo poco que duró fue placentero y hermoso.  Habían días de días que no asomaban por la hacienda, se la pasaban encerrados en la habitación matrimonial en sus cosas de adultos.  Podíamos escuchar los alaridos de Sofía… sin saber si sus gritos eran de dolor o placer, en todo caso, los empleados sonreían y cada quien se dedicaba a su rutina.

 

Ella jamás mostró resistencia a lo que estaba viviendo con mi abuelo, el Amo Oscar… más bien parecía amarlo con especial devoción, tanto que hasta me sentía celoso.

 

El Sr. Nieto suspiró profundamente, quizás su tristeza estaba aflorando conmigo, aunque yo seguía convencida que aquel entierro no era digno de una persona que se ama, empecé a creer que el viejo realmente se sentía dolido por la pérdida. 

 

 


- ¿Y qué le pasó a su abuelo, Sr. Nieto?

 

- Ah.. si   - Dijo como recordando que debía retomar el hilo de la conversación – Si pues, resulta que llegó una noche donde se les escuchó más que nunca, era tanto el ruido que  a veces yo no podía ni dormir.  Fue una noche muy especial para ellos y la primera vez que aproximé mi oído a la puerta para escuchar algo, efectivamente escuché las palabras que me traspasaron el pecho de lado y lado… Me sentí muerto…

 

- ¿Qué escuchó Sr. Nieto?  - Le pregunto con desesperación de saber qué había pasado.

 

- Escuché que Sofía le decía entre sollozos… “Yo te amo mi Señor, te amo con la vida misma, por favor no te mueras mi amado Señor…”    Me sentí profundamente herido, me molesté por el hecho de solo tener 10 años y de que por eso, no podía competir para ganarme a la mujer que consideraba yo, que me había traído la luz. 

 

Llorando me quedé dormido a alguna hora de la madrugada.

 

- ¡Cuánto lo siento Sr. Nieto! ¡Su historia es tan triste!  - Le dije aguantando mis ganas de llorar - ¡Tan triste! ¡Y solo tenía 10 años!

 

- Al día siguiente mi Padre y yo nos encontramos a desayunar, pero no se nos unieron en la mesa, a lo que mi Padre atribuyó el largo disfrute de sus gozos de habitación. 

 

Cada quien se fue a sus respectivas actividades, mi Padre el Amo Fernando salió a los trabajos de hacienda y yo me fui a la escuela.  Aunque el sol había salido nuevamente y el día transcurría sin mayor diferencia, mi corazón se sentía enamorado de Sofía… Y es que la infancia se me llenó de ella, de Sofía, sentía que mi palpitar dependía de su sola existencia.

 

Al regresar a casa ya en la tarde, luego de mi acostumbrada carrera por la pradera y mi cacería de tórtolas para la cena, encontré al Amo Fernando y a los empleados reunidos, debatiendo si debían ingresar a la habitación del Abuelo, ya que las bandejas del almuerzo y la cena no habían sido ni tocadas por ellos y ya estaban preocupados.

 

- ¿Y abrieron la habitación?  - Le pregunté

 

- Así es Sara, mi Padre procedió a forzar la chapa e ingresó solo.  Luego de un par de minutos  salió para informarnos que el Abuelo había muerto.  Obviamente me entristecí por su partida, pero la primera pregunta que salió de mi garganta en un ahogado intento fue….  “¿Y Sofía?”  A lo que mi Padre contestó que ella acababa de despertar; sin embargo, desesperado por constatar que Sofía estaba bien, me escurrí entre las piernas de mi Padre y entré bruscamente a la habitación del difunto…  ohhhh ¡por todos los santos! No se imagina, Sara, lo que vi…

 

- Sr. Nieto, no me tenga de esta manera, por favor cuéntame rápido lo que vio – Le rogué

 

- Me quedé paralizado mirando el cuerpo desnudo de mi Abuelo, ya de algún color violeta que indicaba que el hombre ya llevaba 24 horas así y un olor desagradable que me provocó arcadas.  Pero eso no era lo peor, no Sara, lo peor fue que Sofía estaba atada a la cama de pies y manos.  Y el Abuelo había muerto sobre ella en la posición del misionero… ¿Así no llaman a tal posición, cuando el hombre hace el amor sobre una mujer, Sara?

 

- Si Sr. Nieto… cuando el hombre está sobre la mujer es la posición del misionero…  - Le respondí.

 

- ¿Y Sofía por qué no llamó, por qué no gritó, por qué no pidió ayuda? – Le pregunté al Sr. Nieto.

 

- Porque simplemente Ella quería morir con él… y yo que estaba muriendo por ella.

 

El Sr. Nieto detiene el paso por un momento, se le ha metido una piedra al zapato y me pide que le ayude a quitársela.  Me inclino y le retiro el zapato, lo sacudo y se lo vuelvo a poner.

 

El hombre viejo me sonríe y acariciándome la quijada me dice que le parezco “muy dulce”.  Ya hemos caminado como 18 cuadras pero aún faltaban pasos que recorrer y el resto de la historia por contar.

 

Ni siquiera me acordé que tenía que volver a Quito antes de que me coja la noche, pero aún sobraba tiempo, el sol del medio día pegaba justo sobre nuestras cabezas y el Sr. Nieto estaba tan entretenido impresionándome con sus recuerdos que sencillamente detenerlo todo sería una tremenda insensatez.

 

Cuando lo liberé de la piedra en el zapato, le pedí que continuara y así lo hizo:

 

- Sofía apenas podía mirarnos, pues el cadáver se lo impedía casi por completo; mi Padre intentó evitarme aquel mal rato sacándome de la habitación, pero le pedí que me dejara ayudarlo.  En sus pocas ganas de lidiar conmigo solo me dijo…  “Hijo, ya estás grande y ya no debes asustarte por estas cosas; así que si te portas como un hombre puedes quedarte a ayudar”  A lo que respondí… “Claro Padre, me quedo”

 

- ¿Y en qué podía ayudar un niño de 10 años?  - Le pregunté para saber si había tenido alguna participación real en el momento.

 

- Pues el Amo Fernando, mi Padre, me ordenó traer el collar que el Abuelo le había hecho a Sofía expresamente y su correspondiente cadena.  Corrí a traérselo y al volver ya habían retirado al Abuelo muerto de sobre el cuerpo de Sofía, el médico de confianza la revisó por entero y diagnosticó que su estado era perfecto.

 

Entonces, el Amo Fernando le colocó el collar al cuello y de un empujón la puso de rodillas, y así en 4 se la llevó un Esclavo.  Sollozaba por su Amo Oscar, su Amo muerto, sollozaba quizás porque esperaba morir para irse con él…  Pero ella no sabía que el Abuelo la había dejado en herencia, como a todas sus pertenencias, ahora ella pasaba a ser sumisa de mi Padre, el Amo Fernando.

 

- Ohhhh ¡por dios!  Aquella mujer debió haber sufrido mucho..  – Comenté consternada

 

- No se crea Sara, aunque yo también pensé que Sofía sufría por ello, finalmente entendí que lo hacía por su propia voluntad.  Fui testigo de una mujer que prefirió su estado de soledad en un inhóspito calabozo, donde permanecería el tiempo que ella decidiera.

 

Ella sabía que si al fin sentía la necesidad de servir a su nuevo Amo podría ver la luz de nuevo, pero para ello tuvieron que pasar 5 años.

 

- ¿Nadie la podía visitar?  - Le pregunté, fantaseando con que alguien rescataría a aquella mujer de los suburbios del olvido.

 

- Si, claro que la podíamos visitar.  Los esclavos lo hacían todo el tiempo para tomarla sexualmente o para aplicarle algún castigo ocurrido al Amo Fernando.  Y yo, que la visitaba por las noches con una bandeja de la comida que guardaba de mi cena, pues tenía bien sabido que los que paraban en el calabozo solo podían comer la comida de los chanchos, hasta a veces, le daba de comer en la boca.   Jamás hubo una palabra entre nosotros, sus ojos me miraban con ese sentido de imploración que me hacía vibrar hasta los huesos, sus ojos hundidos en su rostro sucio no se perdían ningún detalle del mío. 

 

- ¿Y qué pensaría Sofía? ¿Será que hubiera deseado escapar?

 

- Nunca supe lo que pensaría Sofía, solo sentía el calor de su mirada, de aquella mirada que parecía provenir desde adentro muy adentro suyo…  - Me contestó el Sr. Nieto.

 

- ¿Y Usted Sr. Nieto no intentó ayudarle a escapar?  - Le pregunté, logrando una rápida respuesta junto a una amplia sonrisa.

 

- No había necesidad de ayudarla a escapar, las puertas del calabozo estaban todo el tiempo abiertas, ella lo sabía pero no quiso marcharse. Hasta que la última vez que llegué al calabozo, ya no la encontré…  ¡Mi susto fue magno!

 

- ¿Se escapó?  - Me adelanté a los hechos con mi pregunta necia, como si no hubiera entendido la partecita de que Sofía no quería marcharse.

 

-  No, no Sara…  No escapó, le digo que nunca quiso escapar sino que había retomado su sumisión bajo el mando de mi Padre…  Ya no me atormentaban los celos y contento de que al fin la mujer de ya 30 años había decidido salir del calabozo me puso inmensamente feliz.  Corrí a buscarla…  Le pregunté a los empleados que dónde estaba Sofía…  Y me respondían… “La sumisa está con su Padre, Amo Robert”

 

- Ohhh…. Sr. Nieto, ¿sus empleados le trataban de Amo Robert?   - Le pregunté con una exclamación de admiración.

 

- Así es Sara, tenía yo casi 16 años y por órdenes de mi Padre ya me empezaron a tratar de Amo Robert, por eso, noté un cambio en el ambiente que no me engrandecía y menos cuando me sentí sobresaltado cuando llamaron “sumisa” a Sofía.  Se me achicó el corazón por la gigante distancia que existe entre los términos: Sumisa y Amo Robert, porque creí que estaríamos tan distanciados como el significado de esos términos.

 

Usted sabe, Sara, yo quería amar a Sofía como mujer, no como esclava ni sumisa, porque estaba apasionado sentimentalmente por ella… Un chico de casi 16 estaba perdidamente enamorado de una sumisa de 30…


El Sr. Nieto detuvo el paso de repente, la limosina que marchaba detrás nuestro también detuvo el paso, igual que los esclavos que arrastraban las cadenas…  Su mirada se perdió en la lejanía de la calle por la cual caminamos, pensé que ya estaría cansado, no obstante, solo se detuvo para tomar impulso.  Le pregunté:

 

- Sr. Nieto ¿Se encuentra bien?

 

- Si hija… creo que fue una contracción del corazón por los tantos recuerdos…

 

- Pero si le afecta ya no me cuente más, Sr. Nieto, serénese…

 

El Sr. Nieto sugirió sentarnos en una banca del parque que nos asomó al costado de la calle y así lo hicimos.  La limosina se parqueó a la sombra de un frondoso árbol y los esclavos tuvieron permiso de sentarse a lo largo de la vereda.

 

- Si se siente bien, Sr. Nieto, puede seguir contándome su historia…  - Le alenté

 

- Ohhh si… Ya estoy mejor… ¿En qué me quedé?

 

- En que Usted tenía casi 16 años, que ya lo llamaban Amo Robert y que la sumisa Sofía decidió salir del calabozo.  – Le refresqué la memoria

 

- Ohh ya… Bueno, entonces… por las indicaciones de los empleados, supe que Sofía, “la sumisa” había sido llevada al tercer piso de la casa, a la sala especial donde se reunían grandes personajes a realizar esas ceremonias del demonio que amaban mi Abuelo, mi Padre y posteriormente yo.

 

Entré a la casa, desde la puerta ya escuchaba los gritos de Sofía…  Los gritos más espeluznantes que he escuchado nunca.  Suavemente fui subiendo las escaleras, cada vez la escuchaba más de cerca, ya no sabía si debía sentirme contento…  Al llegar al tercer y último piso ingresé a la sala, varios enmascarados me regresaron a mirar.  Se escuchó entre los esclavos un asombro común… “Es el Amo Robert” – dijeron y se arrodillaron con la mirada al suelo.  Fue la primera vez que me sentí dios.

 

Mi Padre dejó en suspenso un látigo largo de color rojo, para mirarme, me dijo - Hijo, al fin llegas a tu consagración de Amo y Señor – Me dijo sonriéndome y seguidamente ordenó a los empleados que alistaran a la sumisa.

 

Bruscamente la desposaron para atarla boca arriba en una mesa de mármol, pude observar una delgada línea roja que unía una fisura de su labio con el cuello.  No me miraba… Su actitud de Cristo crucificado me destrozó el alma.  En pocos minutos, la sumisa yacía atada sobre la mesa, el experto del bondage hizo unos amarres que, dentro del terrible momento, se veía hermoso conjuntamente con el cuerpo perfecto de aquella mujer.

 

Las cuerdas le rodearon el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, inmovilizándola completamente a la mesa en una posición muy incómoda para ella.  Su espalda estaba arqueada debido al doblez de sus piernas y a los brazos que estaban atrapados tras su coxis.  Sus rodillas blancas habían sido separadas a cada lado gracias a la flexibilidad de su cuerpo, exponiendo abiertamente la belleza íntima de la mujer que amaba.

 

- Ohhh ¡por dios!  - Se me salió la exclamación mientras me tapaba los ojos con la mano derecha.

 

- ¿Se siente bien Sara? ¿Le asusta lo que le cuento?

 

- No, no Sr. Nieto, al contrario, me siento entusiasmada por saber lo que ocurre.  – Le respondí.


Pero sentí que el hervor de mi cuerpo se me inició entre las piernas y una repentina descarga de humedad invadió mi sexo; lo que me contaba el Sr. Nieto, me produjo una excitación de alto nivel que creí que no podría disimular; esto es así… el BDSM es así conmigo, siempre logra remover en mí hasta los más recónditos deseos.  No sé si el Sr. Nieto lo pudo percibir, pero continuó con la historia:

 

- El cuadro que se me presentaba de repente dejó de hacerme sentir lástima por Sofía, la sumisa… Las hormonas de los 16 años se me exaltaron tanto de la bragueta que sentía reventar de tanta excitación… Yo aún virgen, ni siquiera sabría cómo penetrar a una mujer y peor amarrada… pero estaba ansioso de saber lo que seguía.

 

“Yo también estoy ansiosa Sr. Nieto” – Pensé.

- Por la solicitud cordial de mi Padre, los enmascarados abandonaron la sala y quedaron solamente los esclavos, el Amo Fernando y yo.

 

Los esclavos estaban desnudos y entre ellos uno que estaba a 4 patas, puesto una cadena para jalar que la sostenía el Amo Fernando, quien a su vez ordenó que me desvistiera.  El único vestido era mi Padre y él dirigiría la sesión.

 

La sumisa yacía artísticamente atada a la mesa, inmovilizada y en espera de servir a sus Amos con su cuerpo.  - Bien, hijo… Esta noche vas a perder la virginidad, como corresponde a tu edad y a tu estatus de Amo Robert – Me dijo mi Padre.

 

Yo, tragué saliva y solo asentí apretando los dientes. 

 

- ¿No le preocupaba que la sumisa Sofía estuviera muy incómoda en esa posición, Sr. Nieto?  - Le pregunté para distraer mi mente en un paréntesis de la narración que estaba poniéndome el cuerpo a mil…

 

- No, la sumisa Sofía apenas podía moverse, pero dado a que el Amo Fernando estaba tranquilo, no creí que debía alertarles de la incomodidad de la sumisa, pero si lo pensé Sara, claro que lo pensé si mis pensamientos giraban alrededor de esa mujer por el loco amor que me unía a ella.

 

- De acuerdo – Respondí y el Sr. Nieto continuó.

 

- Entonces, mi Padre inició a darme las instrucciones del manual empírico de sus destrezas... qué era una vagina, cómo se la trata, qué regalos brotan de ella y cómo penetrarla…  Caminó hacia la mesa donde reposaba la dama inmóvil, jalando al esclavo perro de la cadena.  Se inclinó un poco para mirar la parte expuesta de la mujer y comentó – Pobrecilla, aún está asustada –

 

Mirando al esclavo perro, le ordenó – Anda Jack, súbete y haz tu trabajo –

 

Jack trepó a la mesa y con una lengua más voraz que de un verdadero animal empezó a lamer las rodillas de la sumisa, se le notaba tan emocionado que no podía detenerse, entonces entendí la razón por la cual el esclavo perro llevaba su miembro guardado en una especie de funda, pues quizás si no le hubiesen puesto ese limitante, bien podría penetrar a la sumisa sin miramientos, pero no le estaba permitido.


La sumisa emitía jadeos suaves de confort, hasta que Jack le lamía su intimidad, perdiendo su lengua hasta donde más se podía ver, Sofía jadeaba aún más fuerte y finalmente mi padre jaló de la cadena y el perro se tuvo que bajar todo agitado en su celo frustrado.


El Amo Fernando sonrió por la escena y ordenó que ataran al perro para que no moleste.

 

Se inclinó de nuevo para observar la vagina de la mujer y dijo  - Ves hijo, esta es la manera, no tienes que ser perro para hacerle sentir lo mismo, tu boca puede lograr resucitar a la vagina más presumida que exista… ¡Muy bien Perra! – Exclamó propinándole una palmada sobre el clítoris, a  lo que ella se quejó.

 

El Amo Fernando abrió los ojos por el quejido de la sumisa y ordenó inmediatamente amordazarla.

 

-  Ese Amo Fernando tenía mucho malgenio – Comenté.

 

- Si Sara, pero más que todo, él obraba de acuerdo a las normas, él era el Amo y sus percepciones tenían que ser las correctas y se esforzó toda la vida porque así sea.

 

- Hummm… 

 

- Ja aja j aja ¡Sara!  La noto un poco incómoda con lo que le cuento, ¿Está segura de querer seguir escuchando? Le advierto que lo que ha oído hasta aquí aún es suave.

 

- ¡Si! Mejor dicho… si quiero seguir escuchándolo Sr. Nieto, si me sentiría incómoda seguro que le aviso… pero no se preocupe, el tema del cual me habla es muy familiar para mí.

 


El Sr. Nieto se sorprendió por mi respuesta y noté algún brillo extraño en sus pupilas, pero no me dijo nada, aclaró la voz y continuó con su cuento:

 

- Me aproximé a observar la anatomía de la sumisa Sofía, parecía una almeja expuesta, daban ganas de jugar allí por horas… La sola idea me excitaba. 

 

“A mí también…. Uff… “  - Pensé y lo seguí escuchando:

 

 

- EL Amo Fernando pellizcaba los labios de la vagina para mostrarme explícitamente que esa sensación de dolor le brindaba placer a la sumisa y que hay que hacérselo para que el placer sea de los 2.  Luego, con ayuda de ambas manos, abrió los labios de la vagina para enseñarme su hermoso paraíso, que estaba enrojecido… quizás por la vergüenza… quizás por el deseo…  Y pude ver el principio de un agujero rosado, como el camino delicado que me conduciría al corazón de Sofía…  Y no estaba alejado de la verdad, ciertamente, el trato sexual que un hombre le da a una mujer puede eternizarla en su cama. ¿No cierto Sara?

 

- Así es Sr. Nieto, una mujer bien mandada en la cama no sale ni a Misa si no se lo ordena el Amo que sea capaz de dominarla con el placer y el amor. – Le respondí…


¡Ey! Me gustó esa frase, debo apuntarla antes de que me olvide… a veces me sale lo poeta…  - Pensé…

 

Pero antes de interrumpir la conversación del Sr Nieto, preferí archivar la frase en mi memoria para escribirla en algún momento.

 

- Bueno, como le iba diciendo… El Amo Fernando manipulaba aquella vagina con absoluta propiedad, como lo hacía constantemente con las esclavas, me dijo que si sigo sus indicaciones ninguna sumisa se resistirá a servirme como quiera yo que me sirviera…  “Como esta perra le sirvió a tu Abuelo, como me sirve a mí y como te servirá a ti…”

 

Las palabras hirieron mi amor por Sofía, pero al rato mi Padre esbozó una amplia sonrisa mientras miraba la apertura de la sumisa… Me dijo - Mira Hijo, la humillación es parte del placer sexual… Míralo Amo Robert, con solo decirle “perra”, su vagina ha escurrido líquidos que indican que está muy excitada…

 

Efectivamente, líneas más espesas que las de su labio fisurado, resbalaban por su vagina como leche derramada… Y eso era la excitación de la mujer.  Pero yo quería mirarle el rostro, saber si sus ojos confirmarían lo dicho por el Amo Fernando, así que di vuelta hacia el otro lado de la mesa para observarla…. Ohhh si…. Sus ojos parecían estar bailando al borde de la lujuria, aún entreabiertos me encandilaban el momento y empecé a desear poseerla con toda la rabia…


Uy… yo ya estaba mal…  con toda la carga erótica de este cuento ya le estaba viendo bonito hasta al poste de luz, empecé a preocuparme de cómo irá a terminar todo esto conmigo y aún estábamos en los 16… ¿Qué pasará hasta llegar a los 75 años del Sr. Nieto?

 

En fin, respiré profundo y continué escuchándolo:

 

- El Amo Fernando se notaba disfrutar a tope lo que le provocaba a la sumisa y continuó con sus explícitas demostraciones – Ahora mira, Amo Robert, si tú metes un par de dedos así…  - y hundió los dedos dentro de la sumisa, ella emitió un quejido y él continuó – Ella se place aún mucho más y si a esto le añades el uso de tu dedo pulgar, manipulando el clítoris de esta manera, simplemente la puedes enloquecer de orgasmo en orgasmo... Mírala no más… Podría morir así si yo no parara -

 

Sofía no podía moverse, tan solo sus jadeos se escuchaban en la sala y mi Padre no se detuvo hasta que aquella mesa estuviera empapada de sus orgasmos.

 

Ohhh Sara… yo estaba con el miembro más listo que soldado, ninguno de mis compañeros del colegio tenía al alcance un maestro como el Amo Fernando ni una sumisa como mi amada Sofía… y me hizo sentir muy privilegiado…    - ¿Observaste Amo Robert? Así se complace a una mujer… y más a una sumisa, porque ella eligió servir a tu Abuelo, servirme a mí y servirte a ti, y eso debe ser debidamente recompensado… No hay más sumisas que ésta, que merezca nuestra dominación y amor – Dijo mi Padre y obviamente comprendí por qué yo la amaba tanto…

 

El Amo Fernando se desabrochó el pantalón y un pedazo respetable de carne erecta apareció apuntando a su objetivo y procedió a penetrar a la sumisa atada.  Los esclavos y yo observábamos el acto, ellos con respeto y yo con admiración…  Por eso sería que es el Amo Fernando, primero porque poseía una herramienta de buenas proporciones y segundo porque tiene el control sobre la sumisa que se entregó al Abuelo, a él y luego a mí.

 

Luego de 5 minutos de penetración, el Amo Fernando salió de la vagina para derramar todo su semen sobre el rostro de la mujer. Mandó a traer a Jack, el esclavo perro, y le ordenó limpiar a lenguetazos la cara de la sumisa.  El tipazo de 40 años, se acomodó el pantalón, les encomendó a los esclavos que me enseñaran el resto y se fue.


- Ohhhh ¡por dios! ¡Qué intenso, Sr. Nieto!  - Exclamé controlando la tonalidad de mi voz para que el Amo Robert no detectara la inquietud que me había brotado en el cuerpo, como sarna… me picaba por todas partes.  - ¿Y qué pasó después?

 

- Después, el experto del bondage desató a Sofía para volverla amarrar de una forma más cómoda, pues el uso de la sumisa no terminaría hasta el amanecer.


Aquellos sentimientos de compasión se me disiparon gracias a esa noche, pues Sofía se mostraba muy complacida con la dominación y la humillación.  No sé cuántos orgasmos tuvo, pero mi consagración a Amo Robert fue una experiencia fascinante e inolvidable por Ella, sin desestimar la instrucción de mi padre, por supuesto.


Luego del Amo Fernando, la poseí yo por primera vez…  Perdiendo mi virginidad en apenas 30 segundos.  El esclavo más sabido empezó a enseñarme cómo hacer para retener la eyaculación, se montó sobre la sumisa y la bombeaba por varios minutos hasta el punto de estar al borde de la culminación, deteniéndose en seco para interrumpir su final, diciéndome que ese ejercicio debo repetirlo una y mil veces hasta lograr controlar la eyaculación precoz.

Me subí de nuevo sobre esa vagina a seguir aprendiendo, poco a poco lo iba logrando, pero llegaba un momento cuando todo ese paraíso se contraía apretándome el miembro que simplemente me exprimía toda la hombría…  - ¿Qué pasó Amo Robert? – Me preguntaban los esclavos.   Pero no podía retener la eyaculación porque la sumisa me lo extraía con sus pulsaciones…

 

Por eso, otro esclavo me recomendó ordenarle a la sumisa que no lo vuelva a hacer hasta que yo esté listo, así que mirándole a los ojos se lo dije…  “Sofía… no vuelvas a saborear mi miembro con esas palpitaciones que haces sino no me dejarás aprender”


Ella me respondió… “Si, mi Amo Robert…”  Y esa respuesta de sumisión me produjo otra eyaculación precoz, sin culpa de la sumisa… sino mía por excitarme tanto con su “Si, mi Amo Robert…” 


Y de nuevo me monté sobre sus caderas para insertarle mi pene, que para ser la primera vez, se estaba portando muy rendidor … y bueno… es que la juventud nos hace insaciables y más cuando se hereda los genes de progenitores de ese calibre.

 

Pero nuevamente, las palpitaciones de su vagina arruinaron mi aprendizaje…  Siendo así, ordené que la esposaran del techo para castigarla y por primera vez usé el látigo de mi padre para azotarla.

 

Luego de 10 azotes, la tomé allí mismo hasta que supe que me venía y me detuve…  Mis ojos se retorcieron del placer interrumpido, pellizqué sus nalgas en mi desesperación de no fracasar con la eyaculación y pegué un grito salido desde las mismas entrañas…

 

Lo había logrado, pude controlarlo… Cuando me calmé le besé los labios por primera vez y recordé el idílico amor que me une a ella, fue un beso que sabía a sangre… como un pacto la saboreé porque venía de ella… de la mujer que amaba y la sentí mía… más mía que nunca…

Al fin un espacio de romance…  Ya me hacía falta para calmar un poco el cuerpo, sin embargo no duró mucho, pues el Amo Robert o el Sr. Nieto siguió contándome cómo terminó esa noche:

 

 

- Me retiré hacia un cómodo sillón al costado de la sala, ahora solo quería mirar y por ello les ordené a los esclavos que hagan su voluntad con el cuerpo de la sumisa.  Ellos, ni cortos ni perezosos, la tomaron desde todos los frentes, de uno en uno, de dos en dos, atada de una manera u otra, jugaron con su esbelta figura como nunca más lo volverían hacer, porque dado a mi autoridad de Amo desde el siguiente día ya no permití el uso de mi sumisa… bueno… de la sumisa de mi Padre y luego mía….  Los esclavos ya no tendrían más el honor de humillar y usar a la sumisa, a la sumisa del Amo Oscar, a la sumisa del Amo Fernando y a la sumisa del Amo Robert…

 

Y justamente cuando la luz del sol ya aclarara la sala, los esclavos se marcharon.

 

Me acerqué a Sofía para desatarla y sin ninguna fuerza se dejó llevar sobre mi hombro.  Estaba exhausta, rendida, hecha un solo bulto, como no sabía donde sería su morada la llevé a mi habitación.

 

La recosté en mi cama y la acurruqué entre mis brazos, fascinado por tener a esa Luz bajo mi poder la llené de besos hasta el cansancio…  ¡Cuánto la amaba! ¡Cuánto encanto se desbordaba de su ser! No podía entender cómo es que ella, podía ser capaz de arrancarme el corazón de esa manera…

 

Excepto por lo que yo ya era el Amo Robert, todo lo demás seguía intacto… como desde el primer día que la vi llegar del brazo de mi Abuelo… Ohhhhh…. ¡Cuánto la amaba!

 

El Sr. Nieto se silenció por unos momentos, tal vez rememorando ese profundo amor por su sumisa, le pregunté:

 

- Sr. Nieto… ¿Se encuentra bien?

 

- Si Sara… es que no sé qué voy a hacer ahora que ella se ha ido…  - Me respondió con los ojos más tristes que haya conocido de un viejo, incluso tuve que secar un par de lágrimas que rodaron por su mejilla.

 

- No piense en eso ahora, mejor sígame contando Sr. Nieto… le prometo que escribiré su historia para que la memoria lo honre a Usted, a los Amos de su familia y sobretodo a su sumisa Sofía.

 

El anciano me dirigió sus ojos amorosos, quizás pensando que una mujer encontrada al pie de un árbol no era más que eso… una mujer encontrada al pie de un árbol…  Y tenía de cierto que no soy escritora, pero lo iba a intentar para inmortalizar su amor, aunque el Amo Robert posiblemente no me creía.

 

Me regaló una suave sonrisa, me apretó la mano y continuó:

 

- En mi juventud estaba decidido a que la sumisa sea mía, sin embargo, olvidé el pequeño detalle de que ella primero era de mi Padre.  Tuve que conformarme a que

duerma en la habitación al pie de la cama del Amo Fernando, por las noches siempre pasaba por allí para verificar que estuviera bien tapada, porque tenía la orden de dormir desnuda.

 

Se hizo rutina para mí, ir a besuquearle su parte más púdica y pública, su hermosa vagina, para irme a dormir tranquilo.

 

Me acostumbré a sus olores íntimos… a veces con olor al Amo Fernando, a veces con olores de quién sabe quién cuando mi Padre la llevaba de emputecimiento.  Su entrega me era fascinante, me deslumbraba su sutil resignación y su falta de dignidad.

 

Aprendí que su actitud de sumisa no concordaba con su frágil cuerpo, había que tener suficiente temple para lograr ser la sumisa que ella era… Sin ser esclava, las esclavas le quedaban cortas, pues su entrega llegaba a los puntos extremos de amor…  Si, de AMOR… porque amaba a mi Padre como amó a mi Abuelo y sabía con certeza que también me amaba a mí…

 

No estoy seguro si ellos la amarían de la misma manera, pero al menos yo… yo, mi querida Sara, la amaba a morir.

Mi Padre era mucho más duro de lo que fue el Abuelo y de lo que pude haber sido yo… Recuerdo una vez que todos ya se habían ido a dormir, incluso yo ya había pasado por su habitación dándole las buenas noches con los besuqueos correspondientes… allí en esa rica vagina que me hacía soñar. 


Cierta noche escuché a los perros inquietos, al asomarme por la ventana vi la silueta de un cuerpo bajo las ramas de un árbol, creyendo que se trataba de un ladrón, rápidamente bajé con el arma.  Muy silenciosamente para no molestar a nadie, salí por la puerta de la cocina y pesqué a mi padre sentado con una botella de trago afuera en el jardín, parecía estar medio ebrio.

 

No lo perturbé porque quise saber qué era lo que observaba.  Me alejé de él para aproximarme por el otro lado y se me cayó el rifle de las manos cuando vi a Sofía atada al tronco de un árbol, completamente desnuda.  Sus brazos pendían de una rama superior y sus piernas habían sido amarradas, como en un abrazo alrevesado, sostenidas desde atrás.

 


Ella prácticamente estaba colgada, apoyada solo del tronco donde sus muslos estaban atados hacia atrás.   Pero eso no fue lo que me sobresaltó, sino que mi Padre se placía mirando como el perro de la casa le lamía el cuerpo, más tarde supe que su truco fue embadurnar a la sumisa de jugos de carne, lo que sí alcancé a mirar es que el hocico del pastor alemán buscaba y rebuscaba por todo lado para desprender pequeños pedazos de carne cruda que mi Padre había enganchado con pinzas al cuerpo de la sumisa.

 


Era notorio que se sentía inconforme, pero no podía gritar porque tenía una mordaza en la boca; ni podía saber si alguien la vigilaba porque tenía tapados los ojos.  Cuando el can terminó de mordisquear y lamer se retiró.  Mi padre se levantó de la silla con la intención de dirigirse a su sumisa, pero por el alcohol que había ingerido se cayó al piso.   Lo fui a levantar y a rastras lo llevé a su cama y después regresé por Sofía, a quien ni bien la topé se inquietó del susto…  Sollozaba…

 

- ¿No le gustó la experiencia del perro a la sumisa?  - Le pregunté, sorprendida de que alguna cosa al fin no le era excitante.

 

- Si, si le gustó, pero el problema es que el animal confundió la carne cruda con la piel de la mujer y la pobre terminó mordisqueada por todo lado.  De hecho, para que esa experiencia no quedara en ella como la peor, repetimos la experiencia por algunas veces más, pero con más cuidado y no con carne, sino con miel.  El sabor de la miel atrae al can, pero la distingue perfectamente del sabor del cuerpo de la mujer y no hay probabilidades de que la lastime ni por accidente.

 

 

Me quedé pensativa… y muy excitada…  No, pero… esto se ponía peor…  Mi cabeza estaba llena de la sumisión de Sofía y de la voluntad de los Amos, todo aquello que mis oídos estaban escuchando venían de las vivencias del Sr. Nieto, el Amo Robert, y empecé a sentir el quebrantamiento interior de la mujer que soy… como si de poco en poco  la cabeza se me agachara en respeto de aquel diestro Amo de 75 años que estaba tomando mi mano mientras me contaba sobre su amor incondicional por su sumisa…

 

Algo estaba mal conmigo… y para colmo la inclemencia de las ganas vibraban en mi cuerpo de una forma que jamás había reconocido en mí…

 

Si… Algo estaba mal aquí…

 

- La invito a tomar un café a la hacienda, Sara, ¿Le gustaría?

 

Mis piernas temblaron de la adrenalina que daba botes dentro mío, y solo respondí:

 

- Será un placer, Amo Robert…

 

No, cómo pude decir “Amo Robert”… ¿Cómo se me cruzaron los cables para no decir… Será un placer, Sr. Nieto?  Noooo….  Esto se va a mal interpretar…   Bueno, ya está dicho, a lo hecho pecho, se acabó, no pasará nada…

 


El Sr. Nieto me mira diferente, sus sonrisas ya no se muestran hacia afuera sino hacia su interior…

 

Me dice: 

 

- Bien, caminemos…

 

 

Nos levantamos de la banca del parque y caminamos, me sostuve más fuerte del brazo del mayor porque las piernas no me dejaban de temblar.  Él continuó:

 

- Y así pasaron muchos años, Sofía era mayor para mí con 15 años, era natural que muriera antes que yo… la acabo de enterrar a sus 90, como Usted vio…  NO se horrorice por el ritual que realizamos para despedirla… porque se lo hizo tal como ella lo deseaba.  Me pidió que en su entierro le aplicáramos la máxima pena de humillación porque estaba convencida de que así, ella regresará a mi lado en la próxima vida… y que vendrá más desnuda que nunca… para servirme solo a mí….

 

No habíamos avanzado ni media cuadra e hicimos un inesperado giro hacia la derecha, ingresando por un corto camino bajo un arco de hermosas plantas.  Al fondo una majestuosa casa de hacienda me daba la bienvenida con un mosaico de arte antiguo pintado en las paredes.

- ¿Esta es su casa, Sr. Nieto?  - Pregunté maravillada por tanta opulencia, pero el Sr. Nieto no me contestó.

 

Al rato asomó un hombre de aproximadamente 20 años que se apresuró por saludar al Sr. Nieto…

 

- Abuelo… ¿Estás bien?

 

 

El Abuelo no contestó, solo me regresó a mirar.

 

 

Algo se estaba comunicando entre ellos que yo… casi adivinaba.

 

 

La mirada del muchacho se posó en la mía y su gesto se transformó en devoción.

 

- Abuelo… ¿No me digas que la encontraste al pie de un árbol?

 

- Así es, Amo Joel…  tal como el Amo Oscar encontró a mi amada sumisa Sofía hace muchos años...

 

 

Oh no…. Esto me huele mal, así que antes de que se piensen que las sumisas caen como frutas maduras de los árboles, les dije:

 

- Bueno… ha sido un gusto conocerlos pero ya debo irme a Quito.

 

El Amo Robert se sonrió y desapareció escaleras arriba, sin ni siquiera despedirse de mí…

 

Oh oh…. ¿Será que no tenía que despedirse de mí aún?

 

 

Y el Amo Joel me miró firmemente por unos muy incómodos y eternos instantes, hasta que me dijo:


- Desnúdate…

 

 

Debe habérseme encendido algún chip de sumisión interior y procedí a desvestirme, pensando si mi auto estaría aún en aquella esquina de las fritadas de la doña Carmencita… porque lo necesitaré para regresar a Quito en 2 días…  Al menos, eso espero si me dejan abiertas y sin seguros las puertas del calabozo.

 

La Qka

Tu alma de guerrera contiene la rudeza
de quien cae, levanta, cae y vuelve a levantar…
Eres la heroína de la vida,
Allí donde tus luchas te dan la gloria,
aunque venzas, aunque pierdas,
en la realización de tus sueños está la Real Victoria.
Tu figura femenina es todo un enigma,
en aquel mundo masculino donde se van de bruces…
más, tú te luces,
mujer que besa el cielo, mujer que besa el piso,
mujer que empuña el arte cual acróbata de rizo.

Los Guantes de Qka
2.png7.png7.png4.png2.png0.png
Hoy23
Ayer86
Esta semana392

Friday, 24 May 2019